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1 de Octubre
 

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Isaías 62:6 a 65:25

 

Isaías 62:6-12

6Oh Jerusalén, yo he puesto centinelas en tus murallas;
ellos orarán continuamente, de día y de noche.
No descansen, ustedes que dirigen sus oraciones al Señor.
7No le den descanso al Señor hasta que termine su obra,
hasta que haga de Jerusalén el orgullo de toda la tierra.
8El Señor le ha jurado a Jerusalén por su propia fuerza:
«Nunca más te entregaré a tus enemigos;
nunca más vendrán guerreros extranjeros
para llevarse tu grano y tu vino nuevo.
9Ustedes cultivaron el grano, y ustedes lo comerán,
alabando al Señor.
Dentro de los atrios del templo,
ustedes mismos beberán el vino que prensaron».
10¡Salgan por las puertas!
¡Preparen la carretera para el regreso de mi pueblo!
Emparejen el camino, saquen las rocas
y levanten una bandera para que la vean todas las naciones.
11El Señor ha enviado el siguiente mensaje a cada país:
«Díganle al pueblo de Israel:
“Miren, ya viene su Salvador.
Vean, él trae consigo su recompensa”».
12Serán llamados «El pueblo santo»
y «El pueblo redimido por el Señor».
Y Jerusalén será conocida como «El lugar deseable»
y «La ciudad ya no abandonada».

 

Isaías 63

Juicio contra los enemigos del Señor
1¿Quién es este que viene desde Edom,
desde la ciudad de Bosra
con sus ropas teñidas de rojo?
¿Quién es este que lleva vestiduras reales
y marcha en su gran fuerza?
«¡Soy yo, el Señor, proclamando su salvación!
¡Soy yo, el Señor, quien tiene el poder para salvar!».
2¿Por qué están tan rojas tus ropas,
como si hubieras estado pisando uvas?
3«Estuve pisando el lagar yo solo;
no había nadie allí para ayudarme.
En mi enojo, he pisado a mis enemigos
como si fueran uvas.
En mi furia he pisado a mis adversarios;
su sangre me ha manchado la ropa.
4Ha llegado la hora de cobrar venganza por mi pueblo;
de rescatar a mi pueblo de sus opresores.
5Estaba asombrado al ver que nadie intervenía
para ayudar a los oprimidos.
Así que yo mismo me interpuse para salvarlos con mi brazo fuerte,
y mi ira me sostuvo.
6Aplasté a las naciones en mi enojo,
las hice tambalear y caer al suelo,
y derramé su sangre sobre la tierra».
Alabanza por la liberación
7Hablaré del amor inagotable del Señor;
alabaré al Señor por todo lo que ha hecho.
Me alegraré por su gran bondad con Israel,
que le concedió según su misericordia y su amor.
8Él dijo: «Ellos son mi pueblo.
Ciertamente no volverán a traicionarme».
Y se convirtió en su Salvador.
9Cuando ellos sufrían, él también sufrió,
y él personalmente los rescató.
En su amor y su misericordia los redimió;
los levantó y los tomó en brazos
a lo largo de los años.
10Pero ellos se rebelaron contra él
y entristecieron a su Santo Espíritu.
Así que él se convirtió en enemigo de ellos
y peleó contra ellos.
11Entonces recordaron los días de antaño
cuando Moisés sacó a su pueblo de Egipto.
Clamaron: «¿Dónde está el que llevó a Israel a través del mar
con Moisés como pastor?
¿Dónde está el que envió a su Santo Espíritu
para que estuviera en medio de su pueblo?
12¿Dónde está aquel que manifestó su poder
cuando Moisés levantó su mano,
el que dividió el mar delante de ellos
y se hizo famoso para siempre?
13¿Dónde está el que los hizo pasar por el fondo del mar?
Eran como magníficos sementales
que corrían por el desierto sin tropezar.
14Al igual que el ganado que desciende a un valle pacífico,
el Espíritu del Señor les daba descanso.
Tú guiaste a tu pueblo, Señor,
y te ganaste una magnífica reputación».
Oración por misericordia y perdón
15Señor, mira desde el cielo;
míranos desde tu santo y glorioso hogar.
¿Dónde están la pasión y el poder
que solías manifestar a nuestro favor?
¿Dónde están tu misericordia y tu compasión?
16¡Ciertamente tú sigues siendo nuestro Padre!
Aunque Abraham y Jacob nos desheredaran,
tú, Señor, seguirías siendo nuestro Padre.
Tú eres nuestro Redentor desde hace siglos.
17Señor, ¿por qué permitiste que nos apartáramos de tu camino?
¿Por qué nos diste un corazón terco para que dejáramos de temerte?
Regresa y ayúdanos, porque somos tus siervos,
las tribus que son tu posesión más preciada.
18Por poco tiempo tu pueblo santo poseyó tu lugar santo,
y ahora nuestros enemigos lo han destruido.
19Algunas veces parece como si nunca te hubiéramos pertenecido;
es como si nunca hubiéramos sido conocidos como tu pueblo.

 

Isaías 64

1¡Oh, si irrumpieras desde el cielo y descendieras!
¡Cómo temblarían los montes en tu presencia!
2Así como el fuego hace que arda la leña
y que hierva el agua,
tu venida haría que las naciones temblaran.
¡Entonces tus enemigos se enterarían de la razón de tu fama!
3Cuando descendiste hace mucho tiempo,
hiciste obras temibles, por encima de nuestras mayores expectativas.
¡Y cómo temblaron los montes!
4Desde el principio del mundo,
ningún oído ha escuchado,
ni ojo ha visto a un Dios como tú,
quien actúa a favor de los que esperan en él.
5Tú recibes a quienes hacen el bien con gusto;
a quienes siguen caminos de justicia.
Pero has estado muy enojado con nosotros,
porque no somos justos.
Pecamos constantemente;
¿cómo es posible que personas como nosotros se salven?
6Estamos todos infectados por el pecado y somos impuros.
Cuando mostramos nuestros actos de justicia,
no son más que trapos sucios.
Como las hojas del otoño, nos marchitamos y caemos,
y nuestros pecados nos arrasan como el viento.
7Sin embargo, nadie invoca tu nombre
ni te ruega misericordia.
Por eso tú te apartaste de nosotros
y nos entregaste a nuestros pecados.
8Y a pesar de todo, oh Señor, eres nuestro Padre;
nosotros somos el barro y tú, el alfarero.
Todos somos formados por tu mano.
9No te enojes tanto con nosotros, Señor;
por favor, no te acuerdes de nuestros pecados para siempre.
Te pedimos que nos mires
y veas que somos tu pueblo.
10Tus ciudades santas están destruidas.
Sión es un desierto;
sí, Jerusalén no es más que una ruina desolada.
11El templo santo y hermoso
donde nuestros antepasados te alababan
fue incendiado
y todas las cosas hermosas quedaron destruidas.
12Después de todo esto, Señor, ¿aún rehusarás ayudarnos?
¿Permanecerás callado y nos castigarás?

 

Isaías 65

Juicio y salvación final
1El Señor dice:
«Estaba listo para responder, pero nadie me pedía ayuda;
estaba listo para dejarme encontrar, pero nadie me buscaba.
“¡Aquí estoy, aquí estoy!”,
dije a una nación que no invocaba mi nombre.
2Todo el día abrí mis brazos a un pueblo rebelde.
Pero ellos siguen sus malos caminos
y sus planes torcidos.
3Todo el día me insultan en mi propia cara
al rendir culto a ídolos en sus huertos sagrados
y al quemar incienso en altares paganos.
4De noche andan entre las tumbas
para rendir culto a los muertos.
Comen carne de cerdo
y hacen guisos con otros alimentos prohibidos.
5Sin embargo, se dicen unos a otros:
“¡No te acerques demasiado, porque me contaminarás!
¡Yo soy más santo que tú!”.
Ese pueblo es un hedor para mi nariz;
un olor irritante que nunca desaparece.
6»Miren, tengo escrito mi decretodelante de mí:
no me quedaré callado;
les daré el pago que se merecen.
Sí, les daré su merecido,
7tanto por sus propios pecados,
como por los de sus antepasados
—dice el Señor—.
También quemaron incienso en los montes
y me insultaron en las colinas.
¡Les daré su merecido!
8»Pero no los destruiré a todos
—dice el Señor—.
Tal como se encuentran uvas buenas en un racimo de uvas malas
(y alguien dice: “¡No las tires todas;
algunas de ellas están buenas!”),
así mismo, no destruiré a todo Israel.
Pues aún tengo verdaderos siervos allí.
9Conservaré un remanente del pueblo de Israel
y de Judá, para que posea mi tierra.
Aquellos a quienes yo escoja la heredarán
y mis siervos vivirán allí.
10La llanura de Sarón se llenará nuevamente de rebaños
para mi pueblo que me busca,
y el valle de Acor será lugar de pastoreo para las manadas.
11»Pero como el resto de ustedes abandonó al Señor
y se olvidó de su templo,
y como preparó fiestas para honrar al dios de la Fortuna
y le ofreció vino mezclado al dios del Destino,
12ahora yo los “destinaré” a ustedes a la espada.
Todos ustedes se inclinarán delante del verdugo.
Pues cuando los llamé, ustedes no me respondieron;
cuando hablé, no me escucharon.
Pecaron deliberadamente —ante mis propios ojos—
y escogieron hacer lo que saben que yo desprecio».
13Por lo tanto, esto dice el Señor Soberano:
«Mis siervos comerán,
pero ustedes pasarán hambre.
Mis siervos beberán,
pero ustedes tendrán sed.
Mis siervos se alegrarán,
pero ustedes estarán tristes y avergonzados.
14Mis siervos cantarán de alegría,
pero ustedes llorarán de angustia y desesperación.
15El nombre de ustedes será una maldición entre mi pueblo,
porque el Señor Soberano los destruirá
y llamará a sus verdaderos siervos por otro nombre.
16Todos los que invoquen una bendición o hagan un juramento
lo harán por el Dios de la verdad.
Dejaré a un lado mi enojo
y olvidaré la maldad de los tiempos pasados.
17»¡Miren! Estoy creando cielos nuevos y una tierra nueva,
y nadie volverá siquiera a pensar en los anteriores.
18Alégrense; regocíjense para siempre en mi creación.
¡Y miren! Yo crearé una Jerusalén que será un lugar de felicidad
y su pueblo será fuente de alegría.
19Me gozaré por Jerusalén
y me deleitaré en mi pueblo.
Y el sonido de los llantos y los lamentos
jamás se oirá en ella.
20»Los bebés ya no morirán a los pocos días de haber nacido,
ni los adultos morirán antes de haber tenido una vida plena.
Nunca más se considerará anciano a alguien que tenga cien años;
solamente los malditos morirán tan jóvenes.
21En esos días, la gente habitará en las casas que construya
y comerá del fruto de sus propios viñedos.
22A diferencia del pasado, los invasores no les quitarán sus casas
ni les confiscarán sus viñedos.
Pues mi pueblo vivirá tantos años como los árboles,
y mis escogidos tendrán tiempo para disfrutar de lo adquirido con su arduo trabajo.
23No trabajarán en vano,
y sus hijos no estarán condenados a la desgracia,
porque son un pueblo bendecido por el Señor,
y sus hijos también serán bendecidos.
24Les responderé antes que me llamen.
Cuando aún estén hablando de lo que necesiten,
¡me adelantaré y responderé a sus oraciones!
25El lobo y el cordero comerán juntos.
El león comerá heno, como el buey;
pero las serpientes comerán polvo.
En esos días, nadie será herido ni destruido en mi monte santo.
¡Yo, el Señor, he hablado!».

 

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Filipenses 2:19-30

Pablo encomienda a Timoteo
19Si el Señor Jesús quiere, espero enviarles pronto a Timoteo para que los visite. Así él puede animarme al traerme noticias de cómo están. 20No cuento con nadie como Timoteo, quien se preocupa genuinamente por el bienestar de ustedes. 21Todos los demás solo se ocupan de sí mismos y no de lo que es importante para Jesucristo, 22pero ustedes saben cómo Timoteo ha dado muestras de lo que es. Como un hijo con su padre, él ha servido a mi lado en la predicación de la Buena Noticia. 23Espero enviarlo a ustedes en cuanto sepa lo que me sucederá aquí, 24y el Señor me ha dado la confianza que yo mismo iré pronto a verlos.
Pablo encomienda a Epafrodito
25Mientras tanto, pensé que debería enviarles de vuelta a Epafrodito. Él es un verdadero hermano, colaborador y compañero de lucha. Además, fue el mensajero de ustedes para ayudarme en mi necesidad. 26Lo envío porque, desde hace tiempo, tiene deseos de verlos y se afligió mucho cuando ustedes se enteraron de que estaba enfermo. 27Es cierto que estuvo enfermo e incluso a punto de morir; pero Dios tuvo misericordia de él, como también la tuvo de mí, para que yo no tuviera una tristeza tras otra.
28Así que estoy aún más ansioso por enviarlo de regreso a ustedes, porque sé que se pondrán contentos al verlo, y entonces ya no estaré tan preocupado por ustedes.29Recíbanlo con amor cristiano y mucha alegría, y denle el honor que una persona como él merece. 30Pues arriesgó su vida por la obra de Cristo y estuvo al borde de la muerte mientras hacía por mí lo que ustedes no podían desde tan lejos.

 

Filipenses 2:1-18

El valor incalculable de conocer a Cristo
1Mis amados hermanos, pase lo que pase, alégrense en el Señor. Nunca me canso de decirles estas cosas y lo hago para proteger su fe.
2Cuídense de esos «perros», de esa gente que hace lo malo, esos mutiladores que les dicen que deben circuncidarse para ser salvos.3Pues los que adoramos por medio del Espíritu de Dios somos los verdaderos circuncisos. Confiamos en lo que Cristo Jesús hizo por nosotros. No depositamos ninguna confianza en esfuerzos humanos 

 

 

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Salmos 71

1

Oh Señor, a ti acudo en busca de protección;
    no permitas que me avergüencen.
Sálvame y rescátame,
    porque tú haces lo que es correcto.
Inclina tu oído para escucharme
    y ponme en libertad.
Sé tú mi roca de seguridad,
    donde siempre pueda esconderme.
Da la orden de salvarme,
    porque tú eres mi roca y mi fortaleza.
Dios mío, rescátame del poder de los perversos,
    de las garras de los crueles opresores.
Oh Señor, solo tú eres mi esperanza;
    en ti he confiado, oh Señor, desde mi niñez.
Así es, estás conmigo desde mi nacimiento;
    me has cuidado desde el vientre de mi madre.
    ¡Con razón siempre te alabo!

Mi vida es un ejemplo para muchos,
    porque tú has sido mi fuerza y protección.
Por eso nunca puedo dejar de alabarte;
    todo el día declaro tu gloria.
Y ahora, en mi vejez, no me hagas a un lado;
    no me abandones cuando me faltan las fuerzas.
10 Pues mis enemigos murmuran contra mí
    y juntos confabulan matarme.
11 Dicen: «Dios lo ha abandonado.
    Vayamos y agarrémoslo,
    porque ahora nadie lo ayudará».

12 Oh Dios, no te quedes lejos;
    Dios mío, por favor, apresúrate a ayudarme.
13 Trae deshonra y destrucción a los que me acusan;
    humilla y avergüenza a los que quieren hacerme daño.
14 Seguiré con la esperanza de tu ayuda;
    te alabaré más y más.
15 A todos les hablaré de tu justicia;
    todo el día proclamaré tu poder salvador,
    aunque no tengo facilidad de palabras.[a]
16 Alabaré tus obras poderosas, oh Señor Soberano,
    y les contaré a todos que solo tú eres justo.

17 Oh Dios, tú me has enseñado desde mi tierna infancia,
    y yo siempre les cuento a los demás acerca de tus hechos maravillosos.
18 Ahora que estoy viejo y canoso,
    no me abandones, oh Dios.
Permíteme proclamar tu poder a esta nueva generación,
    tus milagros poderosos a todos los que vienen después de mí.

19 Tu justicia, oh Dios, alcanza los cielos más altos;
    ¡has hecho cosas tan maravillosas!
    ¿Quién se compara contigo, oh Dios?
20 Has permitido que sufra muchas privaciones,
    pero volverás a darme vida
    y me levantarás de las profundidades de la tierra.
21 Me restaurarás incluso a mayor honor
    y me consolarás una vez más.

22 Entonces te alabaré con música de arpa,
    porque eres fiel a tus promesas, oh mi Dios.
Te cantaré alabanzas con la lira,
    oh Santo de Israel.
23 Gritaré de alegría y cantaré tus alabanzas,
    porque me redimiste.
24 Todo el día
    hablaré de tus justas acciones,
porque todos los que trataron de hacerme daño
    fueron humillados y avergonzados.

 

 

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