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Sabiduría, fuerza y riqueza son los tres objetivos que el mundo
persigue apasionadamente. Cualquiera que alcanza una de estas tres
áreas se celebra como alguien grande por los que conviven en su
mundo. Tal persecución, sin embargo, conduce a tres áreas
principales de pecado: orgullo intelectual, pasión lujuriosa, y
codicia.
Jeremías advirtió que un hombre sabio no debe jactarse de su
sabiduría más que un hombre fuerte debe jactarse de su fuerza o un
hombre rico de su riqueza. ¿Por qué? Porque esos hombres sabios,
fuertes y ricos no producen ninguna de esas características en sus
vidas. Fue Dios por si solo que les dio toda la sabiduría, fuerza, o
riqueza que poseen.
Pablo les recordó a los Colosenses: "Pues ustedes han muerto a esta
vida, y su verdadera vida está escondida con Cristo en Dios."
(Colosenses 3:3). Debemos hacer morir la mente orgullosa del hombre
que se adula y exalta en sus propios ojos. Debemos crucificar a los
deseos pecaminosos de la carne, como "inmoralidad sexual, la
impureza, las bajas pasiones y los malos deseos" (v. 5). Por otra
parte, no podemos ser "avaros, pues la persona avara es idólatra
porque adora las cosas de este mundo" (v. 5).
Si nos jactamos de algo en este mundo, debería ser el hecho
increíble de que entendemos y conocemos al Señor personalmente. En
todo lo demás, pongamos humildad, pureza y generosidad. El mundo
seguramente no nos va a apreciar cuando hagamos eso, pero a los ojos
de Dios estaremos a la búsqueda de la verdadera sabiduría, fuerza y
riqueza!
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