8»’¿Cómo
pueden decir: “Somos sabios porque tenemos la palabra del Señor”,
cuando, al escribir mentiras, sus maestros la han torcido?
9Estos
maestros sabios caerán
en la trampa de su propia necedad,
porque han rechazado la palabra del Señor.
Después de todo, ¿son ellos tan sabios?
10Les
daré sus esposas a otros
y sus fincas a extranjeros.
Desde el menos importante hasta el más importante,
sus vidas están dominadas por la avaricia.
Es cierto, incluso mis profetas y sacerdotes son así;
todos ellos son unos farsantes.
11Ofrecen
curas superficiales
para la herida mortal de mi pueblo.
Dan garantías de paz
cuando no hay paz.
12¿Se
avergüenzan de estos actos repugnantes?
De ninguna manera, ¡ni siquiera saben lo que es sonrojarse!
Por lo tanto, estarán entre los caídos en la matanza;
serán derribados cuando los castigue,
dice el Señor.
13Con
toda seguridad los consumiré.
No habrá más cosechas de higos ni de uvas;
todos sus árboles frutales morirán.
Todo lo que les di, pronto se acabará.
¡Yo, el Señor,
he hablado!’.
14»Luego
el pueblo dirá:
“¿Por qué deberíamos esperar aquí para morir?
Vengan, vayamos a las ciudades fortificadas para morir allí.
Pues el Señor nuestro
Dios ha decretado nuestra destrucción
y nos ha dado a beber una copa de veneno
porque pecamos contra el Señor.
15Esperábamos
paz, pero la paz no llegó;
esperábamos tiempos de sanidad, pero solo encontramos
terror”.
16»Ya
se puede oír el resoplido de los caballos de guerra del
enemigo
¡desde tan lejos como la tierra de Dan en el norte!
El relincho de sus sementales hace temblar toda la tierra.
Vienen a devorar el país y todo lo que hay en él,
tanto las ciudades como los habitantes.
17Enviaré
estas tropas enemigas entre ustedes
como serpientes venenosas a las que no pueden encantar.
Los morderán y ustedes morirán.
¡Yo, el Señor,
he hablado!».
Jeremías llora por Judá
18Mi
dolor no tiene remedio;
mi corazón está destrozado.
19Escuchen
el llanto de mi pueblo;
puede oírse por toda la tierra.
«¿Acaso ha abandonado el Señor a
Jerusalén? —pregunta
la gente—.
¿No está más su Rey allí?».
«Oh, ¿por qué han provocado mi enojo con sus ídolos tallados
y sus despreciables dioses ajenos?», pregunta el Señor.
20«Ya
se acabó la cosecha,
y el verano se ha ido —se lamenta el pueblo—,
¡y todavía no hemos sido salvados!».
21Sufro
con el dolor de mi pueblo,
lloro y estoy abrumado de profunda pena.
22¿No
hay medicina en Galaad?
¿No hay un médico allí?
¿Por qué no hay sanidad
para las heridas de mi pueblo?
Jeremías
9
1¡Si
tan solo mi cabeza fuera una laguna
y mis ojos una fuente de lágrimas,
lloraría día y noche
por mi pueblo que ha sido masacrado!
2Desearía
poder marcharme y olvidarme de mi pueblo
y vivir en una choza para viajeros en el desierto.
Pues todos ellos son adúlteros,
una banda de mentirosos traicioneros.
Juicio por la desobediencia
3«Mi
pueblo encorva sus lenguas como arcos
para lanzar mentiras.
Se rehúsan a defender la verdad;
solo van de mal en peor.
Ellos no me conocen
—dice el Señor—.
4»¡Cuidado
con tu vecino,
ni siquiera confíes en tu hermano!
Pues un hermano saca ventaja de su hermano,
y un amigo calumnia a su amigo.
5Todos
se engañan y se estafan entre sí;
ninguno dice la verdad.
Con la lengua, entrenada a fuerza de práctica, dicen
mentiras;
pecan hasta el cansancio.
6Amontonan
mentira sobre mentira
y rechazan por completo reconocerme»,
dice el Señor.
7Por
lo tanto, esto dice el Señor de
los Ejércitos Celestiales:
«Mira, los derretiré en el crisol
y los probaré como al metal.
¿Qué más puedo hacer con mi pueblo?
8Pues
sus lenguas lanzan mentiras como flechas envenenadas.
Dicen palabras amistosas a sus vecinos
mientras en el corazón traman matarlos.
9¿No
habría de castigarlos por eso? —dice el Señor—.
¿No habría de tomar venganza contra semejante nación?».
10Lloraré
por las montañas
y gemiré por los pastos del desierto;
pues están desolados y no tienen vida.
Ya no se escucha el mugido del ganado;
todas las aves y los animales salvajes han huido.
11«Haré
de Jerusalén un montón de ruinas —dice el Señor—
y será un lugar frecuentado por chacales.
Las ciudades de Judá serán abandonadas,
y nadie vivirá en ellas».
12¿Quién
tiene suficiente sabiduría para entender todo esto? ¿Quién
ha sido instruido por el Señor y
puede explicárselo a otros? ¿Por qué ha sido tan arruinada
esta tierra, que nadie se atreve a viajar por ella?
13El
Señor contesta:
«Esto sucedió porque mi pueblo abandonó mis instrucciones;
se negó a obedecer lo que dije.14En
cambio, se pusieron tercos y siguieron sus propios deseos y
rindieron culto a imágenes de Baal, como les enseñaron sus
antepasados. 15Así
que ahora esto dice el Señor de
los Ejércitos Celestiales, Dios de Israel: ¡mira!, los
alimentaré con amargura y les daré veneno para beber. 16Los
esparciré por todo el mundo, a lugares que ni ellos ni sus
antepasados han oído nombrar, y aun allí los perseguiré con
espada hasta que los haya destruido por completo».
Llanto en Jerusalén
17Esto
dice el Señor de
los Ejércitos Celestiales:
«Piensa en todo esto y llama a las que se les paga por
llorar;
manda traer a las mujeres que lloran en los funerales.
18¡Rápido!
¡Comiencen a llorar!
Que las lágrimas fluyan de sus ojos.
19Escuchen
a los habitantes de Jerusalén llorando
desesperados:
“¡Estamos arruinados! ¡Estamos totalmente humillados!
Tenemos que abandonar nuestra tierra,
porque derribaron nuestras casas”».
20Escuchen,
ustedes mujeres, las palabras del Señor;
abran sus oídos a lo que él tiene que decir.
Enseñen a sus hijas a gemir;
enséñense unas a otras a lamentarse.
21Pues
la muerte se ha deslizado a través de nuestras ventanas
y ha entrado a nuestras mansiones.
Ha acabado con la flor de nuestra juventud:
los niños ya no juegan en las calles,
y los jóvenes ya no se reúnen en las plazas.
22Esto
dice el Señor:
«Se esparcirán cadáveres a través de los campos como
montones de estiércol,
como manojos de grano después de la cosecha.
No quedará nadie para enterrarlos».
23Esto
dice el Señor:
«No dejen que el sabio se jacte de su sabiduría,
o el poderoso, de su poder,
o el rico, de sus riquezas.
24Pero
los que desean jactarse
que lo hagan solamente en esto:
en conocerme verdaderamente y entender que yo soy el Señor
quien demuestra amor inagotable,
y trae justicia y rectitud a la tierra,
y que me deleito en estas cosas.
¡Yo, el Señor,
he hablado!
25»Se
acerca la hora —dice el Señor—,
cuando castigaré a todos los que están circuncidados en el
cuerpo pero no en espíritu:26a
los egipcios, a los edomitas, a los amonitas, a los
moabitas, a la gente que vive en el desierto en lugares
remotos, y
sí, aun a la gente de Judá. Igual que todas estas naciones
paganas, el pueblo de Israel también tiene el corazón
incircunciso».