10Pero
el Señor dice:
«Ahora me levantaré;
ahora mostraré mi poder y mi fuerza.
11Ustedes,
los asirios, no producen más que hierba seca y rastrojos;
su propio aliento se convertirá en fuego y los consumirá.
12Su
pueblo será totalmente quemado,
como los espinos que se cortan y se echan al fuego.
13¡Escuchen
lo que yo hice, naciones lejanas!
¡Y ustedes que están cerca, reconozcan mi poder!».
14Los
pecadores de Jerusalén tiemblan de temor;
el terror se apodera de los que no tienen a Dios.
«¿Quién puede vivir con este fuego devorador? —claman—.
¿Quién puede sobrevivir a este fuego consumidor?».
15Los
que son honestos y justos,
los que se niegan a obtener ganancias por medio de fraudes,
los que se mantienen alejados de los sobornos,
los que se niegan a escuchar a los que traman asesinatos,
los que cierran los ojos para no ceder ante la tentación de
hacer el mal;
16estos
son los que habitarán en las alturas.
Las rocas de los montes serán su fortaleza;
se les proveerá alimentos,
y tendrán agua en abundancia.
17Sus
ojos verán al rey en todo su esplendor,
y verán una tierra que se pierde en la distancia.
18Recordarán
este tiempo de terror y preguntarán:
«¿Dónde están los oficiales asirios
que contaban nuestras torres?
¿Dónde están los contadores
que anotaban el botín sacado de nuestra ciudad caída?».
19Ustedes
ya no verán a esa gente feroz y violenta,
con su idioma extraño y desconocido.
20En
cambio, verán a Sión como lugar de festivales sagrados;
verán a Jerusalén, una ciudad tranquila y segura.
Será como una carpa con las sogas tensas
y con las estacas firmemente clavadas.
21Para
nosotros el Señor será
el Poderoso.
Será como un ancho río de protección
que ningún enemigo puede cruzar;
por el cual no puede navegar ningún barco enemigo.
22Pues
el Señor es
nuestro juez,
nuestro legislador y nuestro rey;
él cuidará de nosotros y nos salvará.
23Las
velas de los enemigos cuelgan flácidas
de los mástiles rotos, junto con aparejos inútiles.
El pueblo de Dios repartirá el tesoro;
¡hasta los cojos recibirán su porción!
24El
pueblo de Israel ya no dirá:
«Estamos enfermos e indefensos»,
porque el Señor perdonará
sus pecados.
Isaías
34
Mensaje para las naciones
1Vengan
aquí y escuchen, oh naciones de la tierra;
que el mundo y todo lo que hay en él oigan mis palabras.
2Pues
el Señor está
furioso contra las naciones;
su furia es contra todos sus ejércitos.
Los destruirá por
completo,
los condenará a ser masacrados.
3Sus
muertos quedarán sin sepultura,
y el hedor de los cuerpos podridos llenará la tierra;
de los montes fluirá su sangre.
4Arriba,
los cielos se esfumarán
y desaparecerán como quien enrolla un pergamino.
Las estrellas caerán de los cielos
como caen las hojas marchitas de una vid,
o los higos secos de una higuera.
5Y
cuando mi espada haya terminado su trabajo en los cielos,
caerá sobre Edom,
la nación que he señalado para ser destruida.
6La
espada del Señor está
empapada en sangre
y cubierta de grasa,
con la sangre de corderos y cabras,
con la grasa de carneros preparados para el sacrificio.
Sí, el Señor ofrecerá
un sacrificio en la ciudad de Bosra
y hará una gran matanza en Edom.
7Hasta
morirán hombres tan fuertes como los bueyes salvajes,
los jóvenes junto a los veteranos.
La tierra quedará empapada en sangre
y el suelo enriquecido con la grasa.
8Pues
es el día de la venganza del Señor,
el año cuando Edom recibirá el pago por todo lo que le hizo
a Israel.
9Los
arroyos de Edom se llenarán de brea ardiente
y el suelo se cubrirá de fuego.
10Este
juicio sobre Edom nunca tendrá fin;
el humo de la nación en llamas se levantará para siempre.
La tierra quedará abandonada de generación en generación;
nadie volverá a vivir allí.
11Será
frecuentada por el búho del desierto y la lechuza blanca,
el búho grande y el cuervo.
Pues Dios medirá esa tierra con cuidado;
la medirá para el caos y la destrucción.
12Se
llamará la Tierra de Nada,
y pronto todos sus nobles desaparecerán.
13Los
espinos invadirán sus palacios;
en sus fuertes crecerán la ortiga y el cardo.
Las ruinas serán guarida de los chacales
y se convertirán en hogar de los búhos.
14Los
animales del desierto se mezclarán allí con las hienas,
y sus aullidos llenarán la noche.
Las cabras salvajes se balarán unas a otras en medio de las
ruinas,
y las criaturas de la noche irán
a ese lugar para descansar.
15Allí
el búho hará su nido y pondrá sus huevos;
empollará a sus polluelos y los cubrirá con sus alas.
También irán los buitres,
cada uno con su compañera.
16Escudriñen
el libro del Señor
y vean lo que él hará.
Ninguno de estos animales ni de estas aves estará ausente,
y a ninguno le faltará su pareja,
porque el Señor lo
ha prometido.
Su Espíritu hará que todo esto se haga realidad.
17Él
ha medido y dividido la tierra,
y se la ha dado en propiedad a esas criaturas.
Ellas la poseerán para siempre,
de generación en generación.
Isaías 35
Esperanza de restauración
1Hasta
el lugar desolado y el desierto estarán contentos en esos
días;
la tierra baldía se alegrará y florecerá el azafrán de
primavera.
2Así
es, habrá abundancia de flores,
de cantos y de alegría.
Los desiertos se pondrán tan verdes como los montes del
Líbano,
tan bellos como el monte Carmelo o la llanura de Sarón.
Allí el Señor manifestará
su gloria,
el esplendor de nuestro Dios.
3Con
esta noticia, fortalezcan a los que tienen cansadas las
manos,
y animen a los que tienen débiles las rodillas.
4Digan
a los de corazón temeroso:
«Sean fuertes y no teman,
porque su Dios viene para destruir a sus enemigos;
viene para salvarlos».
5Y
cuando él venga, abrirá los ojos de los ciegos
y destapará los oídos de los sordos.
6El
cojo saltará como un ciervo,
y los que no pueden hablar ¡cantarán de alegría!
Brotarán manantiales en el desierto
y corrientes regarán la tierra baldía.
7El
suelo reseco se convertirá en laguna
y los manantiales de agua saciarán la tierra sedienta.
Crecerán las hierbas de pantano, las cañas y los juncos
donde antes vivían los chacales del desierto.
8Un
gran camino atravesará esa tierra, antes vacía;
se le dará el nombre de Carretera de la Santidad.
Los de mente malvada nunca viajarán por ella.
Será solamente para quienes anden por los caminos de Dios;
los necios nunca andarán por ella.
9Los
leones no acecharán por esa ruta,
ni ninguna otra bestia feroz.
No habrá ningún otro peligro;
solo los redimidos andarán por ella.
10Regresarán
los que han sido rescatados por el Señor;
entrarán cantando a Jerusalén,
coronados de gozo eterno,
estarán llenos de regocijo y de alegría;
desaparecerán el luto y la tristeza.
Isaías
36:1-22
Asiria invade a Judá
1En
el año catorce del reinado de Ezequías,Senaquerib,
rey de Asiria, atacó a las ciudades fortificadas de Judá y
las conquistó. 2Entonces
el rey de Asiria mandó a su jefe del Estado Mayor desde
Laquis con un enorme ejército para enfrentar al rey Ezequías
en Jerusalén. Los asirios tomaron posición de batalla junto
al acueducto que vierte el agua en el estanque superior,
cerca del camino que lleva al campo donde se lavan telas.
3Estos
son los funcionarios que salieron a reunirse con ellos:
Eliaquim, hijo de Hilcías, administrador del palacio; Sebna,
secretario de la corte; y Joa, hijo de Asaf, historiador del
reino.
Senaquerib amenaza a Jerusalén
4Entonces
el jefe del Estado Mayor del rey asirio les dijo que le
transmitieran a Ezequías el siguiente mensaje:
«El gran rey de Asiria dice: ¿En qué confías que te da tanta
seguridad?5¿Acaso
crees que simples palabras pueden sustituir la fuerza y la
capacidad militar? ¿Con quién cuentas para haberte rebelado
contra mí?6¿Con
Egipto? Si te apoyas en Egipto, será como una caña que se
quiebra bajo tu peso y te atraviesa la mano. ¡El faraón, rey
de Egipto, no es nada confiable!
7»Tal
vez me digas: “¡Confiamos en el Señor nuestro
Dios!”; pero ¿no es él a quien Ezequías insultó? ¿Acaso no
fue Ezequías quien derribó sus santuarios y altares, e hizo
que todos en Judá y en Jerusalén adoraran solo en el altar
que hay aquí, en Jerusalén?
8»¡Se
me ocurre una idea! Llega a un acuerdo con mi amo, el rey de
Asiria. Yo te daré dos mil caballos, ¡si es que puedes
encontrar esa cantidad de hombres para que los monten! 9Con
tu pequeño ejército, ¿cómo se te ocurre desafiar siquiera al
contingente más débil de las tropas de mi amo, aunque
contaras con la ayuda de los carros de guerra y sus
conductores de Egipto? 10Es
más, ¿crees que hemos invadido tu tierra sin la dirección
del Señor?
El Señor mismo
nos dijo: “¡Ataquen esta tierra y destrúyanla!”».
11Entonces
tanto Eliaquim como Sebna y Joa le dijeron al jefe del
Estado Mayor asirio:
—Por favor, háblanos en arameo porque lo entendemos bien. No
hables en hebreo, porque
oirá la gente que está sobre la muralla.
12Pero
el jefe del Estado Mayor de Senaquerib respondió:
—¿Ustedes creen que mi amo les envió este mensaje solo a
ustedes y a su amo? Él quiere que todos los habitantes lo
oigan porque, cuando sitiemos a esta ciudad, ellos sufrirán
junto con ustedes. Tendrán tanta hambre y tanta sed que
comerán su propio excremento y beberán su propia orina.
13Después
el jefe del Estado Mayor se puso de pie y le gritó en hebreo
a la gente que estaba sobre la muralla: «¡Escuchen este
mensaje del gran rey de Asiria! 14El
rey dice lo siguiente: “No dejen que Ezequías los engañe. Él
jamás podrá librarlos. 15No
permitan que los haga confiar en el Señor diciéndoles:
‘Con toda seguridad el Señor nos
librará. ¡Esta ciudad nunca caerá en manos del rey asirio!’.
16»”¡No
escuchen a Ezequías! El rey de Asiria les ofrece estas
condiciones: hagan las paces conmigo; abran las puertas y
salgan. Entonces cada uno de ustedes podrá seguir comiendo
de su propia vid y de su propia higuera, y bebiendo de su
propio pozo. 17Me
encargaré de llevarlos a otra tierra como esta: una tierra
de grano y vino nuevo, de pan y viñedos.
18»”No
dejen que Ezequías los engañe al decir: ‘¡El Señor nos
librará!’. ¿Acaso los dioses de cualquier otra nación alguna
vez han salvado a su pueblo del rey de Asiria? 19¿Qué
les sucedió a los dioses de Hamat y de Arfad? ¿Y qué me
dicen de los dioses de Sefarvaim? ¿Algún dios libró a
Samaria de mi poder? 20¿Cuál
de los dioses de alguna nación ha podido salvar alguna vez a
su pueblo de mi poder? ¿Qué les hace pensar entonces que el
Señor puede
librar a Jerusalén de mis manos?”».
21El
pueblo se quedó en silencio y no dijo ni una palabra, porque
Ezequías le había ordenado: «No le respondan».
22Entonces
Eliaquim, hijo de Hilcías, administrador del palacio; Sebna,
secretario de la corte; y Joa, hijo de Asaf, historiador del
reino, regresaron a donde estaba Ezequías. Desesperados
rasgaron su ropa, entraron para ver al rey y le contaron lo
que había dicho el jefe del Estado Mayor asirio.